
Una infancia, en la que ganar a los cromos era la mayor
aventura que pudiésemos vivir en las
tardes de hace cuatro o cinco décadas, sentadas en el "rebate de la casa", que no era otra cosa sino el escalón de entrada

Mientras tantos, los niños, se afanaban en cagar una guerra encarnizada entre indios y pistoleros hechos de plástico de varios colores.
Otras veces, la noche llegaba mientras "el trompo" o peonza, giraba en medio de la calle bailando una danza
que a algunos les resultaba imposible por mucho
que se empeñasen en apretarles bien el cordón que habían fabricado con
una chapa de cerveza aplastada en un extremo a modo de tope para que no se les escapase entre los dedos mientras lo lanzaban con fuerza contra las
piedras de la calzada
Más allá iban los adolescentes, con sus guateques los domingos hoy en casa de uno, mañana en casa de otro, moviendo sus caderas al compás de la música que arrancaba la aguja del tocadiscos.
Luego llegaron los coleccionables, pegatinas que formaban la colección de un album, que nunca pudiste terminar porque el cromo más deseado nunca salía en aquellos chicles "NiÑa".Sin embargo era todo un poema verlas caras de ésas niñas con la ilusión que cada tarde abrían el envoltorio imaginando que po fín iba a sonreirles la suerte.
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